Famosos del oeste

Sebastian Francini, el reconocido actor y músico de Villa Celina que triunfó en Chiquititas declara: “El barrio conserva un montón de cosas de mi historia”

En diálogo con Viví el Oeste Diario el artista multifacético oriundo de Villa Celina cuenta su historia. Su reconocimiento popular con papeles en Chiquitas y la película “Mi Papá es un ídolo”, su paso por el anonimato atendiendo la ferretería de sus abuelos, su transformación y conexión con el budismo, la reinvención de su carrera en teatro y música, su proyecto solista con el que viajará en los próximos días a Costa Rica que incluye y la idea ambiciosa de formar una comunidad de artistas independientes solidarios que ayuden a los más necesitados. Todo, en esta nota con Viví el Oeste Diario.

Sebastián Francini es un joven actor y cantautor, que participó tanto en programas exitosos de TV como “Chiquititas”, películas como “Mi papá es un ídolo” junto a Guillermo Francella y “Chiquititas, Rincón de luz (La película)”, y obras de teatro de gran alcance popular como “El Principito” junto a Juan Carlos Baglietto y Patricia Sosa, en el Teatro Ópera.

Resultado de imagen para sebastian francini

Su gran momento de popularidad se dio en el año 2000, cuando fue ganador del premio “Martín Fierro” a la “Mejor actuación juvenil” por su actuación en “Chiquititas”.

En este 2018, Sebastián encarnará a Lucien Carr en la obra teatral, “Beatnik”, dirigida por Osvaldo Laport. Mientras que por otro lado, avanza con su proyecto musical solista. Prepara su primer disco que aún no tiene fecha de lanzamiento y en los próximos días estará haciendo distintos shows en Costa Rica.

Previo a su viaje a Centroamérica, dialogó unos minutos con Viví el Oeste Diario.

 

¿En qué andas actualmente?

Estoy por irme una semana a Nueva York y Barcelona. Voy de turismo, pero también voy a comprar material para poder equiparme de cara al contenido que quiero dar en redes sociales. En Barcelona voy a tener dos fechas sorpresas, voy a ir a sorprender amigos y las fechas las voy a anunciar ese mismo día. Después en junio nos estamos yendo oficialmente a Costa Rica a tocar con mi proyecto solista.

¿Cómo te preparas para este avance en la música?

La verdad está buenísimo por el hecho de poder salir con este proyecto que se llama Sebastian Francini, en el que se va acoplando una banda, pero el proyecto es solista, con canciones propias de mi autoría. Esto me permite desafiarme desde lo poético y me permite desafiarme desde el momento de poder reinventarme, salir del lugar de comodidad, que es el de estar actuando.

Te has preparado alrededor de la música desde muy chico, ¿Se siente especial poder hacer circular el proyecto que uno tanto anhela?

Mirá, empecé todo con el sueño de un proyecto así, pero después encontré algo que me partió la cabeza y que me hizo ver el verdadero propósito por el cual me estoy desafiando, que es crear un movimiento humanístico sin fines de lucro de artistas independientes musicales.

¿De qué se trata?

Es un proyecto de música que llamamos“De cada canción una buena acción”, y la idea es que artistas, dediquen una canción de su repertorio para que con este lema llevemos adelante una campaña solidaria. Yo me comprometí en editar y ayudar a combatir a la pobreza con donaciones a diferentes comedores de la Argentina.

Es un proyecto autosustentable, para eso pensamos en personas que también sean como pymes en el ámbito de lo audiovisual y darnos una mano entre todos con el fin benéfico de donar alimentos a distintos comedores.

¿Cómo se orquesta esta idea?

Lo orquesto por ahora yo y es algo ambicioso. La idea es poder armar toda una comunidad de artistas solidarios, poder empoderar el lema con la música como la beneficiadora de poder llegar a la gente, tiene tintes filosóficos. Pienso que si la música nos cambia el estado de ánimo, entonces tiene la fuerza de hacer solidaridad.

¿De dónde surge esta idea, es propia de un proceso de maduración en tu vida?

Totalmente. Yo tuve un cambio espiritual muy importante, que me acerco al budismo. Me interesa propagar y difundir lo que a mí me hace bien pero no quiero quedar como un evangelizador. Mi filosofía budista me lleva a poder empezar a pensar en cosas para ayudar al otro, para que sea más feliz.

¿Y en el teatro?

En el teatro estamos por estrenar la cuarta temporada de Beatnik, estamos definiendo el teatro, tal vez sea el Maipo. Es una obra de culto porque en la historia se ha creado una poesía Beatnik, muy copada y tenemos entendido que somos la única obra en el mundo que contamos la historia de estos tipos. La idea es poder instalarla como una obra de culto y que la gente empiece a tener cercanía con los filósofos y poetas de esta época.

Estuviste en ambos extremos. ¿Te pones del lado de la súper exposición o del anonimato?

Yo tengo 28 años y si algo que siento que me respetan mis propios colegas, es la experiencia, porque arrancamos de muy chicos. Hemos pasado por un cambio muy importante en lo que respecta a tecnología que se utiliza hoy en día. Somos de una vieja escuela, somos millenials y tenemos los 90 también encima.

He padecido el tema de la popularidad, me ha privado la posibilidad de vivir la vida de una persona normal, me agarró cuando yo era muy chico y la infancia yo la recuerdo actuando dentro de un estudio de televisión. Tampoco despotrico contra eso porque gracias a esa posibilidad, hoy puedo decir que es lo que amo, que es lo que me hacer hervir las venas. También viví durante un tiempo en el anonimato, porque trabajé en el negocio familiar y estuve alejado de la tele y el teatro. Al final me quedo con este momento porque me siento mucho más experimentado, me siento con los pies sobre la tierra y disfruto.

¿Cómo fue ese momento del anonimato?

Fue maravilloso, fue lo mejor que me podría haber pasado te diría, el tema es que también dentro de eso podemos meter la palabra ira, vergüenza, orgullo, tristeza. Con mucho orgullo me hice cargo de la Ferretería legendaria que mis abuelos tenían en Villa Celina, continuando con el legado. Yo me vi con tiempos, con ganas y me hice cargo del negocio familiar pero después me di cuenta de que me demandaba mucho tiempo.

¿Y en el barrio qué tal? Ahí te conocen todos

Mi barrio es un quilombo (risas). Soy de Villa Celina, es un barrio que se vino abajo como todos los del conurbano, pero que conserva mucha historia. El barrio conserva un montón de cosas de mi historia, de mi infancia, que hacen que no me pueda ir.

Te sentís cómodo…

Todos me preguntan seguís viviendo en Viilla Celina y yo les digo, sí. Es un barrio de gente laburante, en el que hay un montón de colectividades boliviana, paraguaya, peruana. La de mi abuelo es la primera ferretería del barrio, la verdad es una vida muy normal la que tengo y yo en la calle soy “el nieto de” y no el pibe de la tele, porque mis abuelos son próceres acá (se ríe).

¿A qué colegio fuiste?

Fui al colegio en Ciudad Madero, al San Carlos Borromeo

¿Y cómo era el colegio cuando eras chico y salías en la tele?

Íbamos tres chicos que estábamos en Chiquititas en ese momento. El colegio era muy amigable para con nosotros que trabajábamos. Eran flexibles con nosotros para ponerle paño frío a una época de mucha presión y ayudarnos a poder terminar. Pero como conocían todos desde jardín en donde ya hacía publicidades, cuando la pegué un poco fue todo muy normal.

¿Qué recordás de esa infancia por fuera de la televisión?

Tengo registro de un montón de cosas. Nací en en los últimos edificios del barrio que están pegados al Mercado Central, en el edificio 42. Ahí arranco mi historia. Un vecino que trabajaba en el teatro Maipo vio que a mi me gustaba bailar, cantar y actuar y le dijo a mi viejo que me lleve a una agencia de publicidad, ahí empezó todo. Me acuerdo también que tenía un karting, era el único del barrio. Era un quilombero de chiquito.

 


Dejá tu comentario