La familia Ramos Mejía tuvo un rol central en este proceso: María Antonia Segurola de Ramos Mejía donó las tierras en las que se instaló la estación, consolidando así el vínculo entre el ferrocarril y la localidad.
En 1906 se levantó la casona ferroviaria que aún se conserva junto a la estación, obra del arquitecto neerlandés John Doyer, el mismo que diseñó los edificios de Once y Constitución. Con su estilo victoriano tardío, la construcción fue pensada como vivienda para el jefe de la estación, aunque finalmente ese uso nunca se concretó. Aún así, la casona se transformó en uno de los símbolos patrimoniales de Ramos Mejía.
La llegada del colectivo y la electrificación
El crecimiento urbano de la zona se reflejó también en nuevas formas de movilidad. En 1921 salió a la calle el primer servicio automotor de pasajeros que con el tiempo daría origen a la empresa Transporte Ideal San Justo (línea 96). Apenas dos años más tarde, en 1923, el Ferrocarril Oeste avanzó con la electrificación del tramo Once-Moreno, lo que potenció aún más el desarrollo de la localidad como un acceso estratégico hacia la Capital Federal.
Alrededor de la estación comenzaron a instalarse comercios, servicios y espacios de encuentro que transformaron a Ramos Mejía en un punto neurálgico del Oeste bonaerense. Lo que en 1858 fue un simple apeadero rural, hoy es parte esencial de la vida de miles de pasajeros que circulan diariamente y que encuentran en esta estación no solo un lugar de paso, sino también un emblema de identidad para toda la comunidad.